Si preguntásemos a varias personas cuáles son sus temores seguro que nos encontraríamos con situaciones muy diversas. Cada uno tiene sus propias fobias, sus propias sugestiones, algunos miedos racionales y otros muchos irracionales. Pero hay algo que todos (o prácticamente todos) tenemos en mayor o menor grado en algún momento: miedo al delito. ¿Qué es eso, en realidad? El concepto de “miedo al delito” ha causado mucha más controversia de lo que parece, y desde los años 60, se viene investigando y asociando – simplificándolo mucho – con la percepción de cada individuo de sus propias posibilidades de ser víctima.

Si usted cruza por un callejón oscuro, temerá que le atraquen. Si usted tiene que volver solo cada noche después del trabajo, evitará ciertas zonas por miedo a que pueda pasarle “algo”, o si usted tiene un par de millones de euros escondidos en casa, temerá que entren en su domicilio a robar. Y esa sensación perdura aunque en aquel callejón oscuro no haya nadie, ocurrirá en las zonas consideradas “peligrosas” donde haya un grupo de jóvenes que, lejos de lo que usted piensa, sólo están hablando del partido de ayer, y lo sentirá aunque nadie, absolutamente nadie, sepa que usted tiene esos dos millones en casa. Y esto ocurre porque el miedo al delito es irracional, está alejando de la realidad objetiva en la mayoría de las ocasiones y es una sensación, un sentimiento, y no un hecho o un grupo de pistas de las que se pueda inferir lo que teme. Es decir, el miedo al delito puede compararse con estados emocionales, actitudes o percepciones (Warr, 2000), pero no tiene por qué corresponderse con el nivel de seguridad o inseguridad que exista en la realidad. De hecho, aunque sí puede asegurarse que el miedo suele aumentar a medida que lo hace la delincuencia, este hecho no disminuye con la misma rapidez cuando descienden los delitos (Taylor, 1986), o dicho de otro modo, no existe una relación entre esos temores y los datos objetivos de la seguridad.

La delincuencia tiene muchas consecuencias negativas que no pasan desapercibidas para nadie, pero el miedo a esa delincuencia, sobre todo el que no se real, también puede ser perjudicial “para la vida de las personas, convirtiéndolas en víctimas indirectas” (Narváez Mora, 2009).

Para empezar, nos debería preocupar que el miedo al delito sea mayor que la tasa de delincuencia porque supone un obstáculo para el buen desarrollo del espacio social o los lugares públicos. El por qué es sencillo: este tipo de miedos provoca cambios de comportamientos, actitudes y rutinas en los individuos. El miedo al delito significa cambios en los estilos de vida (Medina, 2003), una ruptura con el sentimiento de comunidad y, por otro lado, una actitud más favorable a unas políticas más punitivas (Vozmediano, 2010) sin base real. Esos cambios en las conductas pueden ir dirigidos a una mayor protección dentro y fuera del hogar (Ruiz Pérez, 2007), o al abandono de ciertas zonas, algo que puede incrementar la aparición de ciertos tipos de delincuencia.

Irónicamente, ante esta situación, sería el miedo el que favorece la delincuencia, y no al revés. Pero en cualquier caso, el problema principal es que se puede generar un estrés psicológico que limita la libertad individual (Atkins, Husain y Storey, 1991).

Pero también puede ser un impedimento para los individuos que el miedo al delito sea mucho más bajo que las tasas reales de delincuencia, porque esto supondría que un exceso de confianza que lleve a no tomar suficientes precauciones, por lo cual, estarían más expuestos a ser víctimas de delitos. Es sencillo de entender con un ejemplo: si dejas el coche abierto, con el móvil, la cartera y las llaves a la vista, porque en tu barrio “nunca pasa nada”, tienes más posibilidades de que te hurten que si lo cierras y te llevas las cosas de valor. El miedo al delito en una dosis moderada puede ayudar a “alertar” a los individuos, es decir, adoptar conductas que prevengan sufrir un delito.

A pesar de todo ello, entrar a discutir el concepto de miedo al delito nos llevaría muchísimo tiempo, pero lo que sí podemos es establecer sus características: ¿Por qué tenemos miedo a un tipo u otro de delincuencia cuando aún no lo hemos sufrido?

Características del miedo al delito

Los factores que contribuyen a crear esos sentimientos de inseguridad son múltiples, pero podemos centrarlos en tres hipótesis (Medina, 2003):

1o La vulnerabilidad: hablaríamos de variables personales: sexo, edad, capacidad de afrontar problemas y control (Vozmediano y San Juan, 2006). Así, los estudios han relacionado género y edad con miedo al delito (Gilchrist et al, 1998): las mujeres sufren mayor miedo al delito que los hombres, y las personas de avanzada edad, más que los jóvenes. Curiosamente, las mujeres estadísticamente son víctimas de delitos con menos frecuencia que los hombres (Vozmediano, 2010) y ciertos estudios señalan que los ancianos tienen los niveles más bajos de victimización (Will y McGralh, 1995).

2o La victimización: estaríamos hablando de las variables psicosociales, (Vozmediano y San Juan, 2006). Un individuo que ha sufrido directa o indirectamente un delito tiene un miedo mayor a volver a convertirse en víctima, ya sea porque lo ha vivido en primera persona, o porque conocer de ese delito a través de un suceso acontecido a familiares o amigos. También a través de los medios de comunicación (Soto, 2005; Warr, 1993).

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3o Las variables ambientales: es decir, el contexto en el que se vive: barrios, vecindario, actividad social… a mayor cohesión y lazos sociales, menor miedo al delito. Este hecho está relacionado con la teoría de las ventanas rotas (Wilson y Kelling, 1980), que conlleva, básicamente, que la delincuencia genera más delincuencia.

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Tasas de criminalidad frente al miedo al delito

A raíz de lo que se ha comentado, hay que destacar que, tratando de datos objetivos, España tiene unas tasas de criminalidad muy por debajo de la media europea y una estructura de los delitos bastante estable, que conlleva que hurtos y robos sumen el mayor porcentaje de infracciones – alrededor del 70% – mientras que el resto de delitos tienen porcentajes muy inferiores (Díez Ripolles, 2006).

Los niveles de miedo al delito son mucho más altos en comparación con la realidad delictiva. Es más, a pesar de esos datos, los ciudadanos temen más ser víctimas de un delito contra las personas que de un delito contra el patrimonio. Es posible, que como han señalado algunos autores, los delitos que más atemorizan son aquellos que más repercusión mediática alcanzan (Soto, 2005), aunque no sabemos a ciencia cierta si es por la propia aparición de las noticias en los medios o por el miedo que supone en los individuos verse implicados personalmente en el momento en que se está cometiendo el delito.

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Por todo, aún queda camino que recorrer en el ámbito de la investigación para lograr medidas de intervención que permitan regular (o autorregularnos individualmente cada ciudadano) los niveles de miedo al delito y adecuarlos a la realidad objetiva de la criminalidad, evitando así víctimas psicológicas que pueden traer a la sociedad consecuencias tan preocupantes como las de los propios delitos.

Bibliografía:

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