En la actualidad y para la inmensa mayoría de nosotros, la palabra “dron” ha empezado a formar parte de nuestra jerga social, para inundar nuestro día a día, como un gadget o un juguete más, al alcance de cualquier bolsillo y adquirible en casi cualquier plataforma de venta digital, además de innumerables tiendas especializadas en aparatos de radio control.

Desde el tamaño más pequeño, no llegando a ocupar la palma de nuestra mano, este ingenio controlado con la simple señal wifi de nuestro Smartphone, puede hacer las delicias de niños y mayores en cualquier lugar y momento, como simple divertimento. Además, la tecnología, llega a permitirnos el FPV, siglas anglosajonas del “First Person View”, o lo que es lo mismo, poder trasladar a la pantalla del móvil, la sensación de estar volando dentro de nuestro dron, con lo cual, ¡quién no va a caer en la tentación de echarse unos vuelos para pasar un buen rato!

Como la inmensa mayoría de la tecnología que hoy podemos disfrutar de forma doméstica y comercial, su origen no es tan inocente como podríamos llegar a creer. ¿Se imaginan un globo cargado con explosivos, dirigiéndose hacia las líneas enemigas?

Pues se trata de unos de los primeros “drones” que tenemos registrados, usados para provocar bajas entre los defensores de la ciudad de Venecia, asediada por los austríacos en julio de 1849. Y no fueron pocos… nada menos que 200 artefactos fueron lanzados al viento para cursar el cielo, con el objetivo de bombardear la ciudad. En ese episodio, los austríacos no tuvieron de su parte al dios Eolo, que hizo cambiar de dirección del viento, por lo que pueden imaginarse dónde cayeron gran cantidad de esos explosivos.

Ese sería el inicio de una carrera armamentística para enviar naves no tripuladas, con un objetivo claro: causar el mayor número de bajas enemigas sin arriesgar a tus tropas.

Pero no nos quedemos en el pasado, que si bien puede servirnos para situar el inicio de estas hostilidades deshumanizadas, su objetivo es trasladarnos a una realidad, que hasta hace pocos años, formaba parte de los innumerables secretos militares.

Para empezar, debemos diferenciar claramente entre el término UAV, “Unmanned Aerial Vehicle” o vehículo aéreo no tripulado y el término RPAS, “Remotely Piloted Aircraft Systems” o sistemas de aeronave pilotada remotamente. En terminología oficial, el UAV, es la aeronave exclusiva para uso militar, con pesos superiores a los 250 kgs., donde ha tenido sus mejores y peores misiones en escenarios como Afganistán, Irak, Siria y demás territorios de Oriente Medio. ¿Alguien se acuerda del término “operación quirúrgica” usado públicamente por los estamentos militares occidentales?

El segundo, el RPAS o dron, término familiar más usado por el zumbido de abejorro que lo caracteriza, es la aeronave más conocida desde el ámbito doméstico hasta su uso para trabajos profesionales de filmación y fotografía aérea en muchos ámbitos. ¿Qué marca comercial de vehículos a dos y cuatro ruedas, no usa un RPAS para realizar tomas aéreas espectaculares, para filmar sus spots de promoción?

Pero volvamos al principio, donde indicábamos que la compra de una aeronave de estas características, siendo las que pesan menos de 5 kgs el rango más vendido, puede obtenerse sin ningún tipo de filtro o permiso, donde la actual legislación permite su uso “recreativo” sin más paliativos, presuponiendo que el usuario de la aeronave la usará de forma responsable, limitando su altura de vuelo a 120 metros y a una distancia máxima desde el “piloto” de 500 metros, fuera de zonas afectadas por tráfico aéreo (CTR…), lejos de aglomeraciones de edificios y personas, y con la obligación de cumplir con la Ley de Protección de Datos y derecho a la intimidad. Eso sí, usando el mismo espacio aéreo que los Pilotos Profesionales, quienes deben dar cuenta a la autoridad aeronáutica de todos sus procedimientos, planes de vuelo, tenencia de la certificación teórico-práctica que les acredita como pilotos, certificado médico aeronáutico y como no, su correspondiente seguro de responsabilidad civil.

Para poner un símil a esta paradoja, es como si cualquiera de nosotros, sin tener la obligación de obtener nuestro permiso de conducir, pudiéramos ir a un concesionario de nuestra marca favorita y haciendo uso de nuestro derecho como consumidor, adquiriéramos un vehículo para usarlo en la misma vía pública, donde deberíamos conocer y respetar el código de circulación, sin poner en riesgo la seguridad de viandantes y el resto de vehículos que profesionalmente y legalmente, usan la misma vía.

Pero vamos a lo que nos atañe: El pasado 4 de agosto de 2018, el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, sufrió un atentando durante una celebración militar. Según sus fuentes, hasta tres RPAS de cierta envergadura de una conocida marca china, adquiribles por unos 6.000€ en cualquier tienda online, explosionaron tras ser derribados por francotiradores de la guardia de honor.

Durante la noche del 14 de septiembre de 2019, una decena de drones cargados con explosivos, atacaron dos importantes refinerías de petróleo en Arabia Saudita. Según indicaron los medios de comunicación, el daño económico fue enorme, por no entrar en las consecuencias geopolíticas de la zona.

Son dos de los casos públicos que más han podido trascender a los medios, geográficamente muy distantes entre ellos, con distintas aeronaves, pero con un mismo fin: eliminar a un objetivo o provocar el mayor daño material posible.

Los atentados del 11 de septiembre de 2001 contra las torres gemelas, con miles de muertos en el mismo corazón financiero de los Estados Unidos, abrió el melón de la fragilidad de la sociedad occidental. Desde la 2ª Guerra Mundial, las guerras siempre han sido a miles de kilómetros de distancia, incluso vistas en directo por los medios, como si de una película de ficción se tratase. Incluso cuando los Balcanes ardieron en la última década de los 90, en Europa se vivía como algo distante. Nunca habíamos considerado que el conflicto fuera con nosotros, porque somos civiles y por tanto, las acciones de nuestros gobiernos en el exterior, no nos afectaban, hasta que empezaron los atentados en Europa: Madrid, París, Londres… con cientos de muertos y centenares de heridos.

Evidentemente, Occidente tomó y sigue tomando medidas, para intentar garantizar al máximo la seguridad de sus ciudadanos, pero he aquí, que los ataques cada vez han sido más sencillos y “quirúrgicos”, llegando al extremo que un simple cuchillo (Francia, Reino Unido…) o un vehículo (Barcelona, Niza, Estocolmo, Berlín, París, Londres…), pueden llegar a sembrar el terror y la muerte en medio de nuestro “oasis” de seguridad y tranquilidad.

Tras las múltiples y silenciadas operaciones antiterroristas en toda Europa, por parte de las fuerzas y cuerpos de seguridad y las agencias de inteligencia en estrecha colaboración, evitando quien sabe cuántas más bajas entre la población civil, uno de sus mayores temores entrañan la amenaza de ataque con agentes químicos o bacteriológicos.

Una de estas amenazas podría venir de manos de un RPAS, controlado a distancia por un terrorista, y no precisamente a una distancia de 500 metros, sino que muchas de estas aeronaves, según el fabricante, o debidamente manipuladas, pueden llegar a ser pilotadas a 5 km de distancia.

Cada RPAS, tiene una característica llamada “Payload” o carga útil, es decir, el peso que podemos añadir a la aeronave, para que pueda despegar y realizar su misión. Según los medios de comunicación, los RPAS usados en el intento de magnicidio en Venezuela, tenían un “Payload” de entre 5 y 6 kgs. Eso quiere decir, que podían llevar ese peso en explosivo plástico activado a distancia o cualquier artefacto por impacto.

Vamos a ponernos en una situación tan usual como aterradora. Es día de partido de nuestro equipo favorito de fútbol, y como no, compramos nuestra entrada para ver a nuestros ídolos jugar y a ser posible ganar, contra su contrincante. Normalmente y por horarios, muchos de los encuentros de fútbol profesional, se llevan a término cuando la luz solar ya ha desaparecido.

En pleno partido, con miles de espectadores de todas las edades y procedencias, y ante el bullicio del espectáculo, un RPAS del modelo usado en Venezuela, equipado con un depósito de líquido y preparado para fumigación, se dirige desde un lugar incierto pero más elevado que el estadio de fútbol, a fin de mantener una visión directa y una mejor recepción de la señal de transmisión entre la emisora y la aeronave.

Mientras disfrutamos del partido, podríamos estar siendo “fumigados” con una fina lluvia de cualquier arma bacteriológica, sin que nadie reparase en el hecho, pues podríamos achacarlo al más común de los eventos meteorológicos… o bien, dependiendo de los medios, podrían hacer estallar 5 kgs. de explosivo ante una grada. ¿Se imaginan estos escenarios?

Afortunadamente, existen empresas tecnológicas que están trabajando e innovando en armas específicas, algunas de ellas usadas por las fuerzas de seguridad, en algunos eventos deportivos de importancia, como la final de la Champions en el Wanda Metropolitano de Madrid o la Copa del Rey en Sevilla. Su objetivo principal era evitar que se captaran imágenes ilícitas, pero pensémoslo bien: ése es un mal menor.

Pero vayamos a un presupuesto para un RPAS de apenas 2.000€, una de las aeronaves con más éxito entre pilotos profesionales y aficionados. Este aparato puede llegar a transportar 400 gr. de cualquier cosa, que puede ser usada para atentar contra instalaciones esenciales como infraestructuras eléctricas, depósitos de combustible, aglomeraciones de personas y un largo etcétera de situaciones que nos llevarían a contraer la enfermedad que buscan contagiarnos: el miedo a no sentirnos seguros.

Es por ello que, lejos de intentar poner “vallas al campo”, debemos, como sociedad, recordar que la tecnología avanza, nos guste o no, y que su uso siempre dependerá de la voluntad humana. Para ello hay que conocer sus bondades y sus riesgos, pero sobre todo, ser conscientes que tal vez, habría que evitar poder “comprar cualquier vehículo” sin presentar antes el permiso pertinente.

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