Sin duda, el panorama de lo que hoy en día conocemos como prisión, así como su evolución, ha experimentado grandes avances. Estos avances, vienen marcados por unos motivos muy variados. Entre ellos, las condiciones sociales, las creencias religiosas y morales, y en definitiva, por el desarrollo contemporáneo social.

A pesar de todo, la finalidad de lo que en los centros penitenciarios se pretende, es lo que parece haber variado menos. La corrección, el castigo, la reeducación, el aprendizaje de valores, son sinónimos de lo que podríamos relacionar con la palabra prisión. Lo que sí ha variado, han sido las maneras y los métodos utilizados.

Los S.XVII y S.XVIII ya experimentaron cierto cambio o evolución en los métodos de penalización. Sin embargo, la brutalidad de la época, marcaban significativamente el carácter bárbaro de la pena. Por aquel entonces, los apaleamientos públicos, los ahorcamientos, las torturas o cualquier otra forma de castigo físico, eran la manera más común de darle al criminal su merecido.

Y además, eran utilizados con un doble fin: el reo recibía su pena, y el pueblo asistía atónito a esta forma de espectáculo, altamente desagradable, por la que si a alguno de los presentes pudiera pretender delinquir, la visión de lo que podría ser su final, debía de frenar sus ansias de actuación.

Aun hoy, países tercermundistas con legislaciones arcaicas, impuestas por Estados totalitarios u organizaciones criminales autoproclamadas Estados, con valores y desvalores más próximos al instinto animal que al humano, todavía conservan algunas de estas formas de castigo público regidos por la Ley de Talión.

Pero por suerte, y dejando de lado un puñado de excepciones, la evolución social experimentada desde aquel entonces, ha sido cuanto menos, beneficiosa en este sentido. Posiblemente los pasos agigantados con los que se aproximaba la Revolución Industrial, iban abriendo hueco en el pensamiento crítico social. De ahí, la formación de nuevas penas y la desaparición de otras, siempre más adaptadas a la realidad y a los tiempos y, en definitiva, más respetuosas para con el reo. Con todo ello se va abriendo paso una nueva ciencia que incide sobre el estudio de las penas, de la observación de los lugares donde éstas se cumplen, y en un menor grado, del estudio de las personas con conductas socialmente desviadas. Nos encontramos con la aparición de la semilla de la Criminología. Como hemos dicho, era una época de cambios. Cambios sociales, cambios laborales de gran peso– la aparición del taylorismo -y, como no, cambios penales y punitivos.

Las cárceles adoptaron en cierta medida un amplio abanico de posibilidades de actuación. Podían actuar como medida represiva, como lugares de hacinamiento, como formas transitorias para la espera de un ajusticiamiento, y en definitiva, como forma de almacenamiento de maleantes. Pero con toda la revuelta industrial y la aparición de esta nueva forma de trabajo en cadena, se ideó la forma de aprovechar el malgasto de tiempo de los reos en sus celdas, pues no solo eran improductivos, sino que eran un coste para el estado.

Así, comenzaron las formas de trabajo carcelarias, con las cuales, se obtuvieron grandiosos beneficios. El penado, ya no estaba allí tirado, dejando correr el tiempo para que llegase su hora de salida o de ejecución, sino que era obligado a trabajar de manera productiva.

Desde luego, una idea excelente para la precaria subsistencia de aquellas pequeñas ciudades, que comenzaban a organizarse como tales, pero que carecían de recurso económico e infraestructura suficiente para ello.

Así, muchas de estas ciudades basaron su economía principalmente en los beneficios carcelarios.

Curiosamente, es una forma que unos cientos de años después están volviendo a adoptar ciertos centros penitenciarios estadounidenses, con el surgimiento de los centros privados, muy alejados de las penitenciarías públicas, en los que el reo adopta un trabajo durante su estancia, de manera que no sólo obtienen dinero suficiente para la infraestructura y el mantenimiento del centro, ni tampoco para las ganancias de los socios (al ser privada se asemeja a una empresa), sino que además, aporta beneficios a nivel estatal.

Autores como Matthews, creían en los beneficios de las penas extensas, que debía ir en relación con el delito cometido. A mayor gravedad, mayor estancia.

La pena se entendía como una forma reflexiva del delito cometido. El reo sería literalmente encerrado en una celda individual durante grandes periodos de tiempo, de manera que no tuviera más remedio que reflexionar sobre su conducta, que debía ser interpretada como una forma de actuación negativa.

Se presuponía así, el arrepentimiento de la persona por haber alcanzado ese grado de meditación personal con la sociedad.

Nuestro sistema punitivo adopta las medidas precisas para la reeducación y la reinserción social del sujeto en una vida normalizada dentro de lo posible.

Así lo recoge el artículo 25.1 de nuestra Constitución. Pero ¿se cumple esta premisa? ¿Es encerrar al reo en una prisión, sin más obligación que la de permanecer privado de libertad, lo más beneficioso para él, y para la sociedad?

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