La delincuencia violenta, entendida como un subgrupo de la delincuencia en general, comparte el mismo marco general de predictores que la no violenta. Sin embargo, la investigación sobre este tipo de violencia ha resaltado el mayor peso de ciertos predictores o factores, así como un especial interés en diversos investigadores. ¿Qué mueve a un delincuente al uso de la violencia, si muchas veces para delinquir, ésta no es necesaria?

Uno de los predictores por excelencia es la edad. Cuanto más joven se inicia una persona en el uso de la violencia, mayor es la probabilidad de que se establezcan unas pautas de conducta violentas (hábito) relativamente estables y permanentes que permiten diferenciar a las personas desde muy temprano.

Diversos autores (Farrington, 1987, Loeber y Stouthamer-Loeber, 1986, Reiss y Roth, 1993) llegan a conclusiones parecidas sobre las señales precoces de la delincuencia violenta en base a sus estudios:  los comportamientos agresivos, desobedientes, molestos y antisociales, antes de los 10 años de edad, registrados por amigos, padres o profesores son un buen predictor tanto de la  actividad violenta, como de las condenas por delitos de violencia en la edad adulta. Así mismo, el sujeto que llegado a los 30 años no ha tenido conductas delictivas previas, es poco probable que las desarrolle pasada esta edad.

Por lo tanto, las manifestaciones de agresividad en la niñez son un rasgo que puede predisponer a la violencia adulta, pero la violencia criminal dependerá también de otros factores personales, sociales y ambientales, tanto si actúan como facilitadores de riesgo o como protectores; es decir, la agresividad precoz no puede contemplarse aisladamente de otras variables (y de su concreta interrelación), ya que no es un factor suficiente para explicar la delincuencia violenta (Garrido, 2001).

El modelo de personalidad desarrollado por el autor Theodore Millón (psicólogo estadounidense pionero en la investigación sobre la personalidad. Dirigió desde 2001 el Instituto para Estudios Avanzados sobre la Personalidad y la Psicopatología en Florida) ha sido considerado por diversos autores como la teoría de la personalidad más comprehensiva que se ha desarrollado nunca, si bien cuenta con posteriores matizaciones y puntualizaciones. Además, tuvo una gran influencia en la redacción de los criterios diagnósticos de los trastornos de personalidad del DSM-III y ediciones posteriores.

Para Millon, la personalidad se desarrolla a través de una complicada matriz de determinantes biológicos y aprendizajes y comprenden, en última instancia, el patrón idiosincrático de sentir (metas motivacionales), pensar (modos cognitivos) y comportarse (comportamientos interpersonales) de un individuo.

Respecto a la personalidad patológica (trastornos de personalidad), la normalidad y anormalidad se consideran como conceptos relativos, considerándolos como puntos representativos sobre un continuum o gradiente, más que como categorías nominales discretas, y se insiste en que no habría una línea tajante que separe lo normal de lo patológico.

La personalidad normal y la patológica comparten los mismos principios y mecanismos de desarrollo, aunque debido a diferencias en las disposiciones biológicas y en las influencias ambientales, algunos individuos aprenderían hábitos cognitivos, afectivos y/o conductuales desadaptativos, y otros no.  Por tanto, los trastornos de personalidad se considerarían como representaciones de desviaciones exageradas y distorsionadas que surgen de una distribución de rasgos normales y saludables y no como enfermedades o como la intromisión de alguna fuerza extraña al individuo (Millon y Everly, 1994).

El desarrollo de la personalidad resulta fundamental para forjar un perfil delincuencial violento, si bien, otros factores de gran trascendencia, como los ambientales, o el consumo de drogas, son en algunos casos determinantes para que, en adhesión a la personalidad, exploten o desarrollen el perfil comentado.

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