Cuando se habla de introducir la perspectiva de género en los diferentes ámbitos de la vida pública y privada, o en nuestro entorno profesional, puede que aún nos sigamos preguntando en qué consiste exactamente. Podemos observar como desde los gobiernos, a día de hoy, se opta por recurrir a medidas vistosas (necesarias, pero insuficientes) como las ya conocidas  «cuotas» o «cupos», la publicación de tablas retributivas o bien a la composición paritaria en órganos de representación, investigaciones, etc. pero, que pese a ser indispensables, no conducen a solucionar la dimensión real que comporta introducir la perspectiva de género. Entonces, ¿sabemos realmente qué implica la perspectiva de género? ¿sabemos qué papel juega en la Criminología?

En primer lugar, es esencial conocer brevemente en qué consiste la perspectiva de género: la introducción de la perspectiva de género es la identificación de todas aquellas desigualdades, estereotipos y roles ligados al género que operan y sustentan tanto el desarrollo de la vida pública  como privada de las personas que conforman una sociedad, e impiden que estas puedan asegurar y acceder en igualdad de oportunidades a cualesquiera de los derechos (sean fundamentales o no ) y recursos existentes, como por ejemplo, el empleo, la formación, la seguridad, las ayudas públicas, y un largo etcétera. Además, en muchas ocasiones a las desigualdades ligadas al género se unen las de clase y país de origen. En la perspectiva de género, la identificación de estas desigualdades, estereotipos y roles son esenciales para construir y evaluar un nuevo modelo de sociedad que asegure la equidad y la igualdad de oportunidades entre la ciudadanía.

 

La Criminología, como ciencia social, estudia, investiga y analiza los comportamientos de individuos y sociedades, concretamente en el ámbito del comportamiento delictivo y la reacción social frente a tal comportamiento (Garrido, Stangelad y Redondo, 2006). Por lo tanto, a lo largo de su desarrollo y evolución como ciencia no ha estado exenta de la interacción e influencia de dichas desigualdades, estereotipos y roles ligados al género.

 

Desde que a mediados del siglo pasado se empezara a cuestionar desde el feminismo las bases y preceptos de las ciencias sociales y jurídicas que contaban con un fuerte sesgo andrócentrico (Fuller, 2008) y la necesidad de introducir la perspectiva de género para solventar este evidente escollo; hasta el día de hoy, pese a existir un creciente interés en la investigación al respecto, sigue siendo esencial que cualquier investigación o análisis que se lleve a cabo en Criminología incorpore esta perspectiva como base, asumiendo e integrando lo que, en palabras de Fuller (2008, p. 99) ya se demostró a mediados del siglo XX:

 

Los factores económicos, políticos y culturales afectan de manera diferente a varones y mujeres y, sobre todo, que el sesgo androcéntrico había conducido a ignorar a la población femenina asumiendo que sus necesidades eran las mismas que las de los varones.

 

La Criminología Feminista, impulsada por Carol Smart en la década de los años 70 (Beltrán, 2010), fue la que empezó a visibilizar y analizar la existencia del sesgo masculino de las teorías o conocimientos que sentaron las bases de la Criminología, como por ejemplo la idea que desarrollaron de la figura de la mujer delincuente Lombroso y Ferrero en su obra La Donna Delinquente: La Prostituta e La Donna Normale (1893), como un tipo de mujer distinto al de «mujer normal», ya que sus características más reconocibles (y cargadas de evidentes estereotipos y violencia) son la fealdad, rasgos masculinos y con deseos sexuales más propios de un hombre (Beltrán, 2010; Herrera, s.f.). Históricamente, los estudios desarrollados, los datos recogidos y las teorías criminológicas, eran desarrolladas por hombres, para hombres y con hombres como muestras representativas, dada la excepcionalidad de la conducta criminal de las mujeres, que aún hoy, si observamos las estadísticas de prisiones, las mujeres siguen representando entorno el 10% de la población reclusa, pero ¿es motivo suficiente la baja tasa de delincuencia femenina para que esta no sea estudiada y abordada?

 

Asimismo, la Criminología feminista puso en relieve la necesidad de que la mujer pasara de ser un mero objeto del fenómeno delictivo (Fuller, 2008) para pasar a ser sujeto, tanto como víctima como autora del delito o la conducta desviada. Este cambio de perspectiva permitió aceptar e integrar que las mujeres tienen sus propias necesidades criminógenas, cursos vitales, factores de riesgo y protección particulares y cometen actos delictivos de forma racional y no como causa de un momento de labilidad emocional o trastorno psicológico, ni tampoco se trata de seres especialmente malévolos que delinquen de manera subrepticia. A su vez, también puso en boga, a la mujer como víctima (que también se había apartado por su mera cualidad de excepción), sobre todo en tipologías de delitos y conductas violentas que habían quedado invisibilizadas por pertenecer al ámbito «privado», como la violencia de género, la violencia intrafamiliar y el abuso y la agresión sexual; a partir de entonces se empezó a ahondar y ampliar la investigación sobre los procesos de victimización de las mujeres y la necesidad de que este tipo de violencia pasara al interés público para poder ser erradicado.

 

Por lo tanto, conocer el contexto, las circunstancias, los factores individuales, sociales y las oportunidades a las que las mujeres se ven expuestas (por una evidente socialización diferenciada entre mujeres y hombres), es esencial para comprender el fenómeno delictivo y victimológico, y poder así prevenir. Porque, ¿cómo podemos saber cómo prevenir si no tenemos conocimiento de las causas concretas que subyacen a la conducta delictiva de las mujeres y a sus procesos de victimización?

 

En conclusión, para tener un conocimiento lo más extensa posible sobre el fenómeno delictivo, sus causas y los sujetos que intervienen, es inminentemente necesario que se tengan en cuenta aspectos esenciales como la perspectiva de género tanto para la construcción de hipótesis como para el análisis y el desarrollo de conclusiones. Evidentemente, no se trata de hacer dos sistemas diferenciados, sino que se tengan en cuenta la diversidad de las personas, los sesgos, los estereotipos que regulan las sociedades actuales, para que posteriormente se puedan crear herramientas de valoración, herramientas de recogida de datos y establecer medidas que tengan además de una función retributiva, sobretodo la función de reeducación y reinserción social que den respuesta a las necesidades cada individuo.

 

Bibliografía y referencias

Acale, M. (2017).El género como factor condicionante de la victimización y de la criminalidad femenina. Papers, 102 (2),1-30.

Beltrán, M.A. (2010). Criminología feminista. Estado del arte y presencia en Latinoamérica. VI Jornadas de Sociología de la UNLP, 9 y 10 de diciembre de 2010, La Plata, Argentina. En Memoria Académica. Descargado de http://www.memoria.fahce.unlp.edu.ar/trab_eventos/ev.5515/ev.5515.pdf

Fuller, N. (2008). La perspectiva de género y la criminología: una relación prolífica. Tabula Rasa, 8, 97-110. Descargado de https://www.redalyc.org/articulo.oa?id=39600805

Garrido, V., Stangeland, P., y Redondo, S. (2006). Principios de Criminología (3.a ed.). Valencia: Tirant lo Blanch

Herrera, M.  (s.f.). Género y criminalidad. Grado en Criminología. Universitat Oberta de Catalunya.

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