El uso del término gentrificación está de moda, a pesar de que para muchos resulte difícil hasta su pronunciación. Aunque no lo parezca, algunos de vosotras y vosotros, sobre todo si sois residentes de barrios céntricos de grandes ciudades como Madrid, Barcelona, Valencia o Sevilla, habéis sido testigos, e incluso puede que, hasta protagonistas, de un proceso de gentrificación en vuestro vecindario. El objetivo de este post es acercarte al significado de dicho término, y como la gentrificación puede afectar a las tasas delictivas de los espacios urbanos que habitamos.

Si bien es cierto que no existe unanimidad a la hora de definirla, la gentrificación puede describirse, grosso modo, como aquel proceso en el que un barrio céntrico,tradicionalmente degradado y habitado principalmente por hogares con un bajo estatus socioeconómico, es testigo de la llegada de clases sociales más afluentes que acaba desplazando a los residentes que solían habitar esos barrios. En definitiva, se trata de un cambio en la población de un territorio “tal que los nuevos usuarios son de un estatus socioeconómico superior al de los previos, los cuales son desplazados de sus barrios en ese proceso” (Sorando y Ardura, 2016). Barrios como el Bronx en Estados Unidos, el de la Magdalena en Zaragoza, el del Raval en Barcelona o el de Malasaña en Madrid son ejemplos bien ilustrativos del cambio social, económico, cultural, de usos del suelo y de tendencias de consumo que se producen en su interior como consecuencia de la gentrificación.

Ahora bien ¿Cuándo se inicia este proceso de cambio urbano? Si se detiene un momento a buscar qué pueden tener, o mejor dicho, qué podrían haber tenido en común los barrios que acaban de citarse, se percatará de que todos ellos, en los inicios de su historia, eran vecindarios habitados por hogares humildes, caracterizados por espacios degradados, con edificios en mal estado, viviendas abandonadas, elevadas tasas de delincuencia y donde, probablemente, servicios públicos tan esenciales como la presencia policial o el cuidado de sus espacios verdes estaban ausentes. Las condiciones citadas hacían imposible, o cuanto menos difícil, la permanencia en tales espacios en condiciones óptimas de habitabilidad. Como consecuencia, el barrio entraba en un proceso de abandono que, siguiendo a Sorando y Ardura (2016) es el primer estadio en el proceso gentrificador.

Piense en un barrio con las citadas condiciones. El valor de la vivienda y el precio del suelo son bajos. Sin embargo, promotores inmobiliarios privados son conscientes que la situación céntrica que aquellos ocupan en la ciudad les dotan de un atractivo importante por la posición que ocupan en la ciudad y porque pudieran satisfacer la búsqueda de experiencias vibrantes de clases sociales más afluentes en un futuro. En este momento está presente uno de los elementos destacados de la gentrificación: la renta diferencial. Esto consiste en comprar los edificios abandonados muy baratos para, tras una serie de inversiones, venderlos por un precio más alto. La mejora en el estado de las viviendas, la recuperación e incorporación de servicios públicos, la eliminación de los signos de degradación física, la apertura de nuevos comercios alternativos, y, por duro que resulte, el barrido social de la gente de bajos ingresos que allí vivían, convierten al barrio en un espacio regenerado donde sus nuevas condiciones propician la llegada de nuevos residentes con mayor estatus socioeconómico, mayor nivel educativo y nuevas tendencias de consumo. Todos estos cambios llevan aparejado el incremento desorbitado de los alquileres y de la compra de viviendas, lo que obliga a los residentes más humildes a abandonar la comunidad local dada la imposibilidad de poder seguir pagando el alquiler, que ahora duplica o triplica al precio anterior. 

La gentrificación sigue una serie de pasos que, como he apuntado, comienzan con el abandono del barrio y continua, siguiendo a Sorando y Ardura (2016) con el estigma, la regeneración y la mercantilización. El estigma es necesario para conseguir que el valor de la vivienda siga bajando, de forma que el beneficio tras la regeneración sea mayor. Una vez revitalizado el barrio, se produce una mercantilización del mismo que conduce hacia los mencionados cambios, especialmente en la estructura de edad, educación y economía de los nuevos residentes. Siguiendo a López-Gay (2018), los vecindarios gentrificación se traducen en una población más joven, con mayor proporción de graduados universitarios, que viven solos y que tienen un mayor poder adquisitivo respecto de la población desplazada.

Dado los cambios sociodemográficos acaecidos en el vecindario, una pregunta clave es cómo esta transformación incide en la delincuencia. ¿La gentrificación produce un ascenso del delito o tiende más bien a reducirlo? Los estudios al respecto ofrecen conclusiones mixtas, probablemente por las distintas formas que tienen de medir la gentrificación y de clasificar a los barrios como gentrificados o no (Collins, 2008; Barton, 2016). 

Un estudio reciente de MacDonald y Stockes (2020) realiza una revisión de estudios cuasi-experimentales que miden la relación entre gentrificación y delincuencia, arrojando como conclusión que, en general, la regeneración del barrio, medida principalmente en términos de cambios de usos del suelo, guía hacia un descenso del delito, sin que exista evidencia de que la delincuencia se desplace a otras áreas cercanas al barrio gentrificado. Sin embargo, buena parte de los autores apuntan a que la gentrificación despliega dos efectos distintos sobre la criminalidad. A corto plazo, la recuperación física, económica y social del barrio produciría un incremento delictivo, pero a largo plazo, una vez alcanzada la estabilidad comunitaria de los nuevos residentes, las tasas delictivas decrecerían con notoriedad (Kirk y Laun, 2010; Barton y Gruner, 2016).

El trabajo de Barton y Grunter (2016) recoge las principales perspectivas teóricas aportadas por la criminología y que se han empleado por distintos autores para hipotetizar sobre el vínculo entre gentrificación y delito. La primera de ellas, que de hecho se corresponde con la perspectiva más empleada en este campo, es la teoría de la desorganización social. Siguiendo este enfoque, los estadios iniciales de la gentrificación conducen a un incremento delictivo en el barrio porque los cambios producidos rompen el equilibro de la comunidad. La expulsión de los antiguos residentes por la llegada de las clases más afluentes afecta a una de las características ecológicas más importantes de la desorganización social: la movilidad residencial. El continuo flujo de residentes dificulta la creación y estabilización de redes de lazos sociales suficientes como para fomentar un capital social y unos mecanismos informales de control social que luchen contra los problemas del barrio. 

Cuando la gentrificación se encuentra en ese momento en el que ya se ha producido la mezcla de residentes tradicionales con los de nuevo ingreso, esto es, antes de que la mayoría de los primeros habitantes sean desplazados, la perspectiva de la comunidad defendida predice el incremento de la delincuencia por las tensiones que se generan entre los miembros de ambos grupos, especialmente por parte de los primeros habitantes del barrio, que en un intento de defender su espacio y permanecer en el mismo, pueden generar una serie de dinámicas defensivas contra la gentrificación. Muchas de esas respuestas, tales como manifestaciones, incendios contra comercios como Starbucks, etc. son violentas en naturaleza. 

Mientras que la teoría de la desorganización social postula que, a corto plazo, la gentrificación obstaculiza la cohesión social, el enfoque de la comunidad defendida afirma lo contrario. El medio de los residentes por tener que abandonar su barrio de toda la vida y la percepción de que éste está cambiando puede incentivar la asociación y la lucha por objetivos comunes. El problema está, claro, en que las acciones comunes pueden desarrollarse con un carácter violento. 

Por su parte, la tesis de las ventanas rotas predice una reducción de las tasas delictivas a corto plazo. Puesto que dicha teoría asume que los signos de desorden físico y social producen sentimientos de que todo está permitido, al tiempo que genera sentimientos de inseguridad y miedo al delito que hace que la población no participe de los problemas del barrio, la gentrificación, al eliminar todos esos signos de degradación y revitalizar el barrio, vendría acompañada de un descenso lineal de la delincuencia. 

Mientras que las ventanas rotas afirman que el decremento delictivo está asegurado desde que comienza la gentrificación, la desorganización social apunta a un aumento importante de la criminalidad al principio, para luego reducirse una vez alcanzada la organización que al inicio se había quebrado. 

Por último, la teoría de las actividades cotidianas aplicada al proceso de gentrificación y su relación con la delincuencia significaría de nuevo asumir que, a corto plazo, el número de delitos se elevaría porque la mezcla de residentes de ambas clases implica la combinación espacio-tiempo de delincuentes motivados y objetivos potenciales. Con el paso del tiempo, el desplazamiento mayor de los hogares desfavorecidos implicaría un descenso de la criminalidad. Pero es necesario destacar que, así expresado, se asume la idea estereotipada de que las clases desfavorecidas están condenadas a delinquir. Asunciones de este tipo perpetúan más las diferencias de clases.

En definitiva, la relación entre gentrificación y delincuencia es poco clara. Según la perspectiva teórica que se tome, la definición de gentrificación de la que se parta, la forma de medirla y el criterio empleado para clasificar el grado de gentrificación en cada vecindario explican los resultados mixtos. Se necesitan más estudios, especialmente en España, que arrojen claridad en este vínculo entre regeneración urbana y criminalidad.

> Bibliografía y referencias:

Barton, M. S., & Gruner, C. P. (2016). A Theoretical Explanation of the Influence of Gentrification on Neighborhood Crime. Deviant Behavior, 37(1), 30–46.https://doi.org/10.1080/01639625.2014.983004

Boggess, L. N., & Hipp, J. R. (2016). The Spatial Dimensions of Gentrification and the Consequences for Neighborhood Crime. Justice Quarterly, 33(4), 584–613. https://doi.org/10.1080/07418825.2014.943799

Collins, S.J. (2008). The middle class is moving into the slums: a study of gentrification, disorganization and delinquency (thesis dissertation). Oklahoma State University.  

Kirk, D. S., & Laub, J. H. (2010). Neighborhood change and crime in the modern metropolis. Crime and Justice, 39(1), 441–502. https://doi.org/10.1086/652788

López Gay, A. (2018). Cambio en la composición social y gentrificación en Barcelona: una mirada a través de los flujos migratorios y residenciales. Papers: Regió Metropolitana de Barcelona, 0(60), 80–93.

MacDonald, J. M., & Stokes, R. J. (2020). Gentrification, Land Use, and Crime. Annual Review of Criminology, 3(1), 121–138. https://doi.org/10.1146/annurev-criminol-011419-041505

Sorando, D., y Ardura, A. (2016). First we take Manhattan. La destrucción creativa de la ciudad.Madrid, España: Catarata.

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