Los trabajadores sanitarios. Esos héroes y heroínas que están ahora mismo al frente de la lucha contra este dichoso virus que trae al mundo patas arriba. A ellos va dirigido principalmente este artículo.

Para comenzar, me gustaría compartir una lección, aprendida como tal recientemente, y que creo que puede ser muy ilustrativa en lo relacionado a los “trastornos psicopatológicos” que podamos padecer todos en algún momento de nuestras vidas.

Irvin D. Yalom lo explica de la siguiente manera: “El modelo (psicológico) más similar al nuestro es uno de la medicina somática que demuestra que la enfermedad infecciosa no es simplemente el resultado de un agente bacterial o viral que invade un organismo indefenso, sino que se debe, más bien, a un desequilibrio entre el agente tóxico y la resistencia del medio que le sirve de anfitrión. En otras palabras, en todo momento hay agentes nocivos dentro de los organismos, así como hay en todos los individuos una serie de tensiones que son inseparables de la vida misma. El hecho de que se desarrolle una enfermedad clínica depende de la resistencia del cuerpo (de factores tales como el sistema inmunológico, la nutrición…) frente al agente: cuando baja la resistencia, surge la enfermedad, aunque la toxicidad y la fuerza del agente nocivo permanezcan invariables. Así, todos los seres humanos viven en una especie de incertidumbre, pero algunos no pueden con ella. La psicopatología depende, pues, de la interacción entre una tensión omnipresente y los mecanismos de defensa del individuo.”

Como podemos deducir, Yalom nos explica que cualquier problema que podamos tener a nivel psicológico se debe, en gran medida, a un desnivel entre nuestro sistema de afrontamiento y las adversidades que nos sobrevengan. Sé que hay muchas más escuelas de psicología. También la biología tiene mucho que ver en ciertos problemas psicológicos como la esquizofrenia o el autismo. No es mi objetivo, ni mucho menos, generalizar toda la psicopatología a este escrito que acabo de señalar, pero sí me parece importante darlo a conocer puesto que se entiende, a efectos generales, que tal y como ante cualquier enfermedad vírica como la que estamos viviendo, donde hay personas que se ven afectadas y otras que no: lo mismo ocurre en psicología.

Pongámonos en antecedentes. Recordemos que ya de por sí, el ámbito sanitario es uno de los trabajos que suele presentar más síndrome de burnout, debido a que es un trabajo asistencial, en el que se está en contacto directamente con otras personas que tienen unas demandas elevadas, así como con su sufrimiento y con la enfermedad, y a lo que le sumamos las carencias que ya de por sí posee el sistema de salud, que dificultan a veces el trabajo. Si a esto le unimos la pandemia general que estamos viviendo, hablamos de unos niveles de exigencia elevadísimos unidos a una escasez de medios para poder realizar adecuadamente su labor.

 

¿Qué genera esto?

ESTRÉS.

 

Unos niveles de estrés muy elevados para todas estas personas que están luchando diariamente contra la enfermedad. Es por ello que el personal sanitario en última fase de carrera, jubilados y no activos en este momento, se están uniendo a estos profesionales para poder ayudar a la avalancha de casos y de necesidad que estamos viviendo. Pero, por desgracia, no es suficiente. Faltan medios y cada vez son más las personas infectadas. La situación se está haciendo inasumible para muchos hospitales y los profesionales están pasando por situaciones de querer y no poder ayudar debido a la falta de material, falta de espacio en lugares de cuidados intensivos o a que los propios profesionales no dan a basto. A su vez, muchos de los profesionales se ven inmersos en un conflicto personal ético basado en “hacer mi trabajo y cuidar a los demás”, lo cual también significa “ponerme en riesgo a mi y a mi familia”. Esto genera sentimientos de culpa, impotencia, frustración, malestar y agotamiento tanto físico como psicológico. Si a esto le unimos que el profesional finalmente se contagie y tenga que pasar un tiempo en cuarentena, con el aislamiento que eso implica, si ya es difícil para cualquier paciente, los trabajadores de la salud pueden sentir un mayor nivel de malestar debido a la impotencia de no poder seguir ayudando, culpa por el contagio, miedo por el qué podrá suponer para él/ella laboralmente, enfado, tristeza y preocupación.

A todo esto, podemos añadir la falta de medios para atender a todos los enfermos que van llegando; que los pacientes fallecen rápidamente en ciertos casos; el que algunos médicos, debido a sus especializaciones, no suelen tratar con la muerte de forma tan común como otros que trabajen áreas de cuidados paliativos o UCI, lo que hace que sus estancias sean un poco más angustiosas para ellos; la impotencia de tener seleccionar a los pacientes por gravedad cuando todos pueden estar igual de graves; el sentirse identificados con los pacientes de alguna manera puesto que los familiares del propio trabajador sanitario también pueden estar enfermos y aislados…

Toda esta situación, mantenido en el tiempo, puede generar un síndrome de estrés agudo, caracterizado principalmente por:

–    un gran malestar continuo que incluso nos puede producir recuerdos involuntarios y recurrentes sobre el suceso

–    sueños angustiosos o pesadillas en las que el contenido está relacionado con el suceso

–    alteración del mismo sueño, lo que hace que cueste mucho poder dormir o, al contrario, sentir la necesidad de dormir demasiado

–    la situación misma de atender pacientes o de vestirnos para entrar o salir de trabajar nos puede parecer “raro” en ese momento, algo extraña

–    incapacidad de recordar cosas importantes (la cabeza está trabajando con unos niveles de estrés tan elevados que no da a basto con la información que le está entrando)

–    problemas de concentración

–    comportamiento irritable…

 Según el DSM-V, el manual de cabecera de muchos psicólogos, esta sintomatología persiste durante más de 3 días y menos de un mes. Una vez que han pasado estos 30 días, si los síntomas persisten y ejercen un malestar agudo en la persona, podríamos llegar a hablar de un TEPT o Trastorno de Estrés Post-traumático.

Pero, a pesar de todo esto, tengo una buena noticia para ti. Como ya comentaba en mi anterior artículo, es totalmente NORMAL que te sientas decaído, ansioso, con malestar, miedo o impotencia… pero este malestar y esta ansiedad que vives ahora mismo se disipará con el tiempo a medida que todo pase. En la gran mayoría de los casos, la evolución de este síndrome de estrés agudo será normativa y, por tanto, al igual que el virus, también pasará. Será una pequeña parte de los trabajadores sanitarios los que puedan acabar manteniendo los síntomas hasta poder desarrollar un TEPT. Aún así, esto no es igual a desastre. Algunas personas pueden sentirse mejor a lo largo de los meses y sin necesidad de tratamiento. Pero puede haber otras que sí necesiten ayuda. Recuerda que nosotros, los psicólogos, estaremos ahí para cuando nos necesites.

 

>> Factores de protección:

 Para evitar llegar al extremo que estamos describiendo, te voy a dar unos consejos que te ayudarán a desarrollar tus factores de protección ante el desarrollo de “la enfermedad”. En la jerga médica sería algo así como “mejorar tu sistema inmune”, de forma que, tal y como mencionábamos al principio,  a pesar de convivir con este malestar diario y continuo, nos afecte de la menor forma posible. Estas “píldoras” mejorarán tu capacidad de afrontamiento ante el malestar, ayudándote a canalizar mejor la ansiedad y a trabajar de forma adecuada tus sentimientos y emociones:

  • Recuerda: toda la ansiedad y el malestar que sientes son NORMALES. Permítete el emocionarte, llorar o expresar esas dudas o esa culpa que puedas sentir para evitar que con el tiempo esta expresión llegue a ser problemática y /o descontrolada.
  • Cuando por tu cabeza pase una “nube negra” cargada de pensamientos negativos sobre tí o sobre lo que está ocurriendo, NO TE AFERRES A ELLA. Sé consciente de que está ahí y a pesar de ella, sigue con tus tareas. Cuanto más atención le prestes, más tiempo estará ahí molestándote.
  • Recuerda que todos estamos trabajando mientras mantenemos unos niveles de estrés elevados, lo que nos vuelve más irascibles. Intenta ser consciente de esto también. Promueve un clima de apoyo, date un momento para disculparte con el compañero con el que hayas podido tener “un roce”; para y date un respiro; elige algunos con los que tengas más confianza y a los que les puedas reconocer cómo te sientes realmente y con los que puedas llorar si lo necesitas. Comunícate con ellos, ya verás que no estás solo en esto.
  • No seas muy duro contigo mismo. NADIE ES PERFECTO y todo el mundo comete errores. Si tú has cometido alguno, analízalo constructivamente para que no se vuelva a repetir. No eres Dios, así que date tregua. El 99,9% de las cosas que estás haciendo, a pesar del cansancio y el malestar, las estás haciendo bien. Hay gente que se está curando y está saliendo del hospital gracias a vosotros.
  • Y mantén tu CUIDADO PERSONAL básico: intenta dormir al menos 7 horas (sé que ahora mismo es complicado pero cuanto más descansado, mejor estarás para enfrentarte a la jornada). Si tienes problemas de sueño, evita tomar hipnóticos o relajantes para irte a dormir y cámbialos por infusiones, melatonina o música relajante que te ayude a conciliar el sueño. Come adecuadamente y evita tomar excitantes (como café o bebidas energéticas…). Tu cuerpo ya está “a tope”, no necesitas añadirle más (lo único que conseguirás con esto es alimentar sensaciones físicas de ansiedad). Comunícate con tu pareja, con tus familiares más cercanos o con tu mejor amig@ sobre cómo te sientes: te ayudará a liberar ese nudo que puedas tener en el estómago. Y por último, pero no menos importante, no te olvides de seguir realizando esa actividad con la que siempre disfrutas (sin salir de casa, claro): canta en la ducha, pinta, escucha música “a todo trapo”, cocina, lee, haz puzzles, engulle series… todos esos momentos de disfrute son momentos en los que estás sanando.
Todo va a salir bien!

 

BIBLIOGRAFÍA:

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