A finales de 2019, el Consejo de la Unión Europea, en su informe sobre terrorismo y violencia de extrema derecha, remarcaba la necesidad de investigar en mayor profundidad este fenómeno y de reforzar a los Estados para enfrentarlo. En marzo de ese año, un terrorista australiano emitía en Facebook un atentado contra una mezquita en la ciudad neozelandesa de Christchurch, que se saldaba con medio centenar de víctimas mortales y que encontraría eco en los ataques perpetrado por supremacistas blancos estadounidenses en una sinagoga de Poway y un supermercado de El Paso, en abril y agosto. A estos sucesos, señalaba el informe, había que añadirle el ascenso en los delitos de odio contra personas migrantes en países de la UE. Posteriormente, en febrero de 2020, la ciudad alemana de Hanau sufría un atentado en dos bares frecuentados por ciudadanos de origen árabe y turco, causando una decena de víctimas mortales.

Este artículo identifica dos claves del terrorismo individual de extrema derecha: la diversidad en la inspiración y la similitud en la acción. Para ello, se estudian las circunstancias en que se produjeron los atentados de Christchurch y de Hanau, comparados a su vez con el atentado de Noruega de 2011, primer atentado a gran escala de un terrorista individual de extrema derecha fuera de suelo estadounidense. Tras esta evaluación, se argumenta que, si bien el terrorismo de extrema derecha no resulta una novedad, en los atentados individuales acaecidos en el último año se aprecian variables que requieren un estudio en profundidad para prevenir la replicación de estos sucesos.

 

Diversidad en la inspiración

Los principios ideológicos que motivan la violencia de extrema derecha son diversos e incluso contradictorios. La muestra más clara de esta heterogeneidad se da en Estados Unidos, donde al tradicional antisemitismo de la extrema derecha -patente en los ataques contra sinagogas en Pittsburgh, en 2018, y en Poway, en 2019-, se le suma el odio racista contra inmigrantes de origen hispano, como reflejó en el atentado de El Paso, en agosto de 2019. En ese país existe, además, una larga tradición de violencia de extrema derecha contra el gobierno federal, cuya máxima expresión se produciría con el atentado de Oklahoma City, en abril de 1995. Fuera de los Estados Unidos, desde los atentados perpetrados en Noruega en 2011 por Anders Breivik se ha venido utilizando una retórica de lucha contra el islam (Pérez, 2014) que apenas disimula un evidente racismo contra la inmigración de procedencia árabe (Macklin, 2019). Esto conecta con teorías conspiratorias habituales en la extrema derecha como el Gran Reemplazo (RAN, 2019), principal motivación de los atentados de Christchurch y título del manifiesto de su autor (Macklin, 2019).

Los objetivos y tácticas adoptados en los ataques del pasado año son también distintos en cada caso. Aunque las metas ideológicas de Breivik (Noruega), Tarrant (Nueva Zelanda) y Rathjem (Alemania) fueran similares -la eliminación de la población migrante musulmana de Occidente-, así como la ejecución de sus atentados -tiroteo masivo-, existen diferencias en la táctica de cada terrorista. Breivik no atacó a musulmanes, sino a jóvenes del partido socialdemócrata noruego, considerados traidores a la raza blanca. Tarrant y Rathjem sí atacaron a musulmanes e inmigrantes, si bien el primero atacó una mezquita, en un acto de violencia simbólica contra los creyentes musulmanes que fuera más allá del daño físico, mientras que el segundo atacó locales de ocio de forma caótica y con menor sofisticación, llegando después a asesinar a su madre y a suicidarse. En los tres casos, los autores escribieron manifiestos para expresar la motivación de sus atentados, aunque las diferencias entre unos y otros son notables. En su longitud, profundidad y dedicación destaca el de Breivik. No obstante, llama la atención que tanto en éste como en el de Tarrant se detectaron abundantes plagios de manifiestos de terroristas anteriores y de ideólogos de la extrema derecha (Pérez, 2014; Macklin, 2019).

 

Similitud en la acción

La comisión de atentados terroristas de extrema derecha no es una novedad en Europa. Se distinguen tres etapas en su evolución: en la década de 1960, se forman grupos apoyados por las élites políticas para la persecución de izquierdistas en países como Francia, Italia o Alemania; en la década de 1980, aparecen redes subculturales que atentan contra inmigrantes y se involucran en guerras callejeras con otras bandas; con la entrada del siglo XXI, se extiende el fenómeno del actor solitario, que opera con autonomía pero se encuentra influenciado por su actividad en Internet (Ravndal, 2015). Los grupos de extrema derecha, agrupados en partidos minoritarios, peñas deportivas o bandas urbanas, continúan ejerciendo una violencia constante y de baja intensidad (Bjorgo & Ravndal, 2019) en el ámbito impreciso de los delitos de odio, donde la diferencia de regulación entre países dificulta el seguimiento, documentación y clasificación de esta forma de delincuencia (Ariza & Castro, 2020). En todo caso, el escaso apoyo social a estos grupos en las últimas décadas (Ravndal, 2015), ha disminuido el impacto de sus acciones.

En la década de 1980, el ideólogo de la extrema derecha estadounidense Louis Beam se apropia de la teoría de la resistencia sin líder, alumbradas durante la década de 1950 como plan de contingencia ante una hipotética invasión soviética, y la redefine como el remedio para evitar infiltraciones de las fuerzas de seguridad (Arias, 2018). La atomización de los grupos de extrema derecha implicaba también inconvenientes para alcanzar sus fines, en tanto dificultaba la coordinación de acciones con la suficiente relevancia social. Esto fue compensado, en primer lugar, por la espectacularidad de atentados individuales o en células muy reducidas, como fue el caso de la bomba en Oklahoma City en abril de 1995; la evolución disruptiva de las tecnologías de la información y la aparición de las redes sociales, en segundo lugar, ofrecerían ecosistemas propicios para la radicalización y la colaboración entre individuos en cualquier parte del mundo.

Internet juega un importante papel en procesos de radicalización (Koehler, 2014). Pese a las diferencias existentes entre los terroristas individuales tratados en este artículo, todos ellos tenían una vida online activa y el uso de la red bien les ayudó a preparar los atentados, bien les hizo radicalizar sus posturas ideológicas. Se tiene constancia del uso intensivo de Internet que hizo Breivik para la compra del material necesario para sus atentados, así como para difundir su manifiesto (Pérez, 2014). Tarrant era un usuario muy activo en 8chan, donde posteaba habitualmente y donde colgó su manifiesto; también hizo uso de Facebook, por donde retransmitió el atentado en directo (Macklin, 2019). Rathjen, por su parte, consumía abundante material conspirativo de redes sociales (Crawford & Keen, 2020). En redes nicho, como 4chan, 8chan (actualmente 8kun) y Discord, se han producido dinámicas similares tras cada uno de los atentados perpetrados en el último año, como la asignación de una “nota” al autor, con relación al número de víctimas mortales ocasionadas. En consecuencia, se debe hacer una distinción entre el atentado de actor o lobo solitario, perpetrado por un solo individuo con motivaciones propias, y el terrorista individual, que puede actuar también en soledad, aunque motivado por terceros que lo incitan a actuar o le brindan apoyo de algún tipo (Arias, 2018). Considerando dicha distinción, y a la luz de los datos conocidos sobre los atentados de Christchurch y Hanau, estos actos terroristas parecen encajar con el segundo modelo: un terrorismo individual que cuenta con agentes motivantes externos, difusos y de difícil identificación, que incentivan la comisión de actos violentos y prestan, de forma activa o pasiva, un cierto grado de apoyo o, al menos, de aceptación a sus autores.

Conclusión

El terrorismo individual de extrema derecha no resulta un fenómeno nuevo en Europa. Sin embargo, los atentados ejecutados a lo largo del último año por terroristas individuales precisan una mayor atención y estudio como eventos que comparten patrones comunes y que son susceptibles de replicación. Esta forma de violencia política muestra diversidad en la inspiración de sus autores y a la vez similitud en su forma de actuar, así como una creciente implicación de redes virtuales de radicalización e incentivo para la comisión de actos de violencia y terrorismo. El funcionamiento descontrolado de estas redes de apoyo informal a la violencia genera un riesgo de replicación de estos atentados que no debe pasarse por alto.

 

Referencias y bibliografía

Arias, E. (2018). La estrategia y táctica terrorista de los actores individuales en la extrema derecha estadounidense. Revista UNISCI/UNISCI Journal, (47), 247-264.

Ariza, C. & Castro, R. (2020). Violencia y terrorismo de extrema derecha: una amenaza al alza. OIET. Extraído de https://observatorioterrorismo.com/actividades/violencia-y-terrorismo-de-extrema-derecha-una-amenaza-al-alza/

Bjørgo, T. & Ravndal, J. A. (2019). Extreme-Right Violence and Terrorism: Concepts, Patterns, and Responses. ICCT Policy Brief.

Council of the European Union (2019). Right-wing violent extremism and terrorism in the European Union: discussion paper. Document Nº 11756/19. Retrieved from https://data.consilium.europa.eu/doc/document/ST-11756-2019-INIT/en/pdf

Crawford, B. & Keen, F. (2020). The Hanau terrorist attack: how race, hate and conspiracy theories are fueling global far-right violence. CTC Sentinel, 13(3), 1-8.

Koehler, D. (2014). The radical online: Individual radicalization processes and the role of the Internet. Journal for Deradicalization, (1), 116-134.

Macklin, G. (2019). The Christchurch Attacks: Livestream Terror in the Viral Video Age. CTC Sentinel12(6).

Pérez, J. (2014). El caso Breivik como paradigma de la nueva violencia política en Europa. Revista UNISCI, (34), 139-151.

RAN – Radicalisation Awareness Network (2019). Far-right extremism. A practical introduction. RAN Factbook.

Ravndal, J. A. (2015). Thugs or Terrorists? A Typology of Right-Wing Terrorism and Violence in Western Europe. Journal for Deradicalization, (3), 1-38.

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