Escribí esta entrada entre el 17 y el 19 de Noviembre de 2020, se acercaba el famoso 25N -otro diferente desde la pandemia-, día internacional de lucha por la eliminación de las violencias hacia las mujeres. ¿Os habéis fijado en la frase? LaS violenciaS. Escrito en plural. Lo saco ahora vinculandolo con la desaparición de las dos niñas (Anna y Olivia) en Canarias a manos de su padre, caso que continúa investigándose para intentar localizar a las niñas lo antes posible.

Las Naciones Unidas definen la violencia contra la mujer como «todo acto de violencia de género que resulte, o pueda tener como resultado un daño físico, sexual o psicológico para la mujer, inclusive las amenazas de tales actos, la coacción o la privación arbitraria de libertad, tanto si se producen en la vida pública como en la privada».

Tal y como indica la pluralidad del 25N, existen diversas violencias entre las que encontramos:

  • VIOLENCIA FÍSICA: que incluye cualquier acto de fuerza contra el cuerpo de la mujer, pudiendo producir una lesión,
  • VIOLENCIA PSICOLÓGICA: que incluye toda conducta verbal (o no verbal) que pueda producir una desvalorización o sufrimiento,
  • VIOLENCIA SEXUAL: que incluye cualquier acto de naturaleza sexual forzado por el agresor o no consentido por la mujer,
  • VIOLENCIA ECONÓMICA: que incluye la privación intencionada (y no justificada) de recursos económicos para el bienestar tanto de la mujer como de sus hij@s,
  • TRÁFICO DE MUJERES: que incluye el transporte, traslado y acogida de mujeres y niñas a través de amenazas o mediante el uso de la fuerza o el engaño con fines de explotación sexual,
  • MUTILACIÓN GENITAL FEMENINA: que incluye la ablación de los órganos genitales femeninos con el simple objetivo de alterar o lesionar esos órganos sin justificaciones médicas,
  • MATRIMONIOS FORZOSOS: que incluyen matrimonios sin el consentimiento por parte de las mujeres (o las niñas en muchas ocasiones)

Y todas estas tienen algo en común: todas son violencias que se ejercen contra la mujer por el mero hecho de serlo.

Existe una, la más general, conocida y mediática. La que más nos toca de cerca y que incluye a todas estas violencias anteriores. La violencia de género.

La ley Ley Orgánica 1/2004, de Protección Integral contra la Violencia de Género, la define de la siguiente manera:

“Todo acto de violencia (…) que, como manifestación de la discriminación, la situación de desigualdad y las relaciones de poder de los hombres sobre las mujeres, se ejerce sobre éstas por parte de quienes sean o hayan sido sus cónyuges o de quienes estén o hayan estado ligados a ellas por relaciones similares de afectividad, aun sin convivencia. (…) que tenga o pueda tener como resultado un daño o sufrimiento físico, sexual o psicológico para la mujer, así como las amenazas de tales actos, la coacción o la privación arbitraria de la libertad, tanto si se producen en la vida pública como en la vida privada”

 

Antes de seguir hablando de la misma, me paro en las siguientes preguntas y afirmaciones, las cuales sigo oyendo a día de hoy:

¿Pero por qué no se marchan?

¿Por qué aguantan?

No me creo que no se den cuenta de lo que les pasa.

Si se quedan es por algo.

 

Todas estas son frases que hacen que las propias víctimas se sientan peor de lo que ya se sienten. Se sientan prejuzgadas y maniatadas ante cualquier acto de denuncia, escape o queja que pueda estar en sus manos. Oyendo este tipo de cosas, dan por hecho que nadie las van a creer si denuncian y que nadie las va a ayudar ya que son ellas las que tienen la culpa por haberlo permitido.

Uno de los factores que impide a estas mujeres el acabar con la relación y comenzar “una nueva vida” es el conocido Ciclo de la Violencia, elaborado por la investigadora y psicóloga estadounidense Leonor Walker.

Son tres fases muy características de la relación violenta que se describen de la siguiente forma:

FASE 1: Acumulación de tensión: en esta fase, el maltratador presenta cambios de humor imprevistos y repentinos, también en su estado de ánimo. Pueden darse enfados ante cualquier problema en la convivencia y reacciones pasivo-agresivas como resultado ante cualquier frustración o incomodidad.

FASE 2: Explosión violenta: Cuando la fase 1 se acumula durante un tiempo (el cual es variable) llega el momento de la “explosión”. En esta etapa se descarga toda esa tensión acumulada, pudiendo adoptar distintas formas y grados de intensidad. Es importante distinguir que la agresión no es la única forma de descarga y que existen otras formas, tanto pasivas como activas, tales como ignorar, gritar, romper objetos, dar golpes o amenazar.

Es común que sea en esta etapa cuando la mujer decida marcharse e incluso denunciar, tomando en muchas ocasiones acción ante lo ocurrido.

FASE 3: Luna de miel: el maltratador, después de “soltar” toda la tensión, se da cuenta de lo que ha hecho y de las consecuencias de sus actos. Su pareja puede haberse marchado y haberlo abandonado, llegando a haber interpuesto una denuncia. Puede, también, no haber hecho nada ante tal maltrato, pero él nota su miedo, su evasión o simplemente le ve los moretones y las heridas (en el caso que las tenga).

Es una fase caracterizada por una manipulación afectiva, pudiendo adoptar distintas formas: el maltratador puede pedir perdón y prometer no volver a ser violento, reconocer su culpa y plantear cambios, incluso mediante tratamiento especializado. Puede hacerle regalos y llevarla a cenar a ese “lugar especial”. Puede colmarla de mensajes románticos y llenarlo todo de excusas ante lo ocurrido. El único fin de todas estas conductas es que ella no se marche y permanezca en la relación.

Esta fase tiene una duración temporal limitada, pues su objetivo es que la mujer quede “bajo control”. Es aquí donde las mujeres caen en la manipulación y vuelven a la relación, llegando a retirar la denuncia (en el caso de que las hubiera), puesto que quieren creer que “él no es así”. Esto suele pasar porque ven con sus propios ojos que cuando él quiere se comporta como la pareja que ella siempre quiso y de la que está realmente enamorada. Sin embargo, no es un cambio sincero sino tan solo adaptaciones momentáneas de su conducta. (Rubio Castro, A., Gil Ruiz, J.M., Paz Rodriguez, J.I., Guerra García, M. Y Gila Ordoñez, P. (2009))

Para “demostrar” esta teoría (más de lo que ya está) traigo un recurso muy especial. El libro “No te mueras por mí: cartas de amor después de una paliza” editado por la ONG Vida Mujer.

Es un libro dividido en dos partes, una blanca y otra negra. En él se pueden leer 25 casos reales de mujeres víctimas de violencia de género. En la parte blanca veremos las cartas recibidas por estas mujeres en la fase de luna de miel. En la parte negra, veremos qué pasó después en esa relación (y como el ciclo de la violencia se repite).

Espero que sirva de reflexión para las personas que se puedan sentir identificadas. No pretendo, con esto, decir que los maltratadores no pueden cambiar, porque existen programas para ello y son útiles, pero seamos realistas: se necesita mucho trabajo y, lo primordial, mucho tiempo y que la persona lo quiera de verdad. Mientras ese cambio ocurre, las mujeres han de aprender a poner límites en su relación, que el NO signifique NO, que el BASTA y el SE ACABÓ sean definitivos y evitar entrar en el círculo de la violencia, puesto que después será más difícil salir.

Porque de verdad esperamos que no haya #niunamás.

 

BIBLIOGRAFÍA

Puedes descargar el libro aquí: https://sites.google.com/site/orientacionsanbartolome/prevencion-violencia-de-genero

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